Los Ex libris: Propiedad y permanencia

Podría decirse que desde sus orígenes la cultura escrita ha estado siempre ligada a la necesidad de dejar registro de aquello considerado importante, incluso trascendental para la organización humana. Desde los primeros papiros que mostraban las cifras de producción de grano y su equivalente en otras riquezas, pasando por los nutridos registros imperiales y republicanos de Roma, así como también por los deslumbrantes manuscritos del medioevo, la palabra escrita se acomodaba entre aquellos conceptos traducidos a objetos  de mayor necesidad de atesorar, no solo por sus contenidos, sino también por la rica cultura material que se generó en torno a su creación y salvaguarda.

Pero más allá de las piezas en sí mismas, y como el ego del ser humano poco puede hacer para disimularse, aquellas personas que podían darse el lujo de relacionarse con estos antiguos objetos, de ser sus custodios y recorrer sus páginas con devoción, sintieron la necesidad imperiosa de registro de su labor, muchas veces marcada por un estilo de vida de entrega, estudio y reflexión. Es así como alrededor del año 1480 en la pequeña aldea alemana de Biberach un monje entregado al estudio se dio a una tarea muy particular. En el texto “La curiosa historia de los Ex libris” escrito por Eduardo Santa en el año 1983[1], se caracteriza al hermano Hildebrando de Brandeburgo como un buen religioso de esos lejanos años, abstemio de toda posesión material que fuera percibida como vanidosa pero aun así, poseedor de un grupo de objetos a los cuales no podía ser indiferente y había coleccionado con tesón a lo largo de su vida, su bellísima colección de manuscritos, libros y códices iluminados. Tal era su dedicación al tema, que se dio a memorizar cada libro de su biblioteca, que resultó ser la mejor aperada de su región. Sin embargo al monje lo rondana un contante pesar ¿Qué sería de estos amados objetos una vez que la muerte viniera a buscarlo?

Después de mucha reflexión, relata el mismo académico Eduardo Santa[2], el monje Hildebrando llegó a una triunfal solución, los manuscritos serían donados a la biblioteca de la orden de San Bruno, ofrecimiento que fue recibido positivamente por el Prior responsable. Parecía entonces que sus preocupaciones llegarían a su fin a medida que el monje presentía el final de su camino en este mundo, sin embargo mientras preparaba sus valiosos escritos para ser trasladados, una idea fulminó su mente ¿Cómo sabrían los futuros cuidadores de tan valioso tesoro a quien agradecer por tenerlo en sus manos? ¿Acaso sería de extrema vanidad desear el crédito de una labor que le había tomado  toda su vida? El religioso se decidió entonces a emular a aquellos artistas iluminadores de sus manuscritos, y pacientemente confeccionó en finos papeles el escudo heráldico de su familia, el cual pegó cuidadosamente en los preciados objetos. El trabajo estaba hecho y modestamente el hermano Hildebrando se sintió parte de todos esos autores clásicos y artistas involucrados en la creación de su fina colección, teniendo por fin su cuota de reconocimiento como dueño trascendente de las preciadas piezas.

La creación del monje de Brandeburgo, si bien existen antecedentes anteriores, no tardó en ser tomada como referencia para la proliferación de esta práctica, la cual paso a ser conocida como Ex libris, expresión en latín que significa entre los libros de, una marca inamovible de propiedad, pero también expresión de la gran pasión que estos coleccionistas profesaban a su ocupación, lo que hoy reconoceríamos como destacados bibliófilos. Puede verse entonces que la iniciativa fue adoptada por señores nobles y miembros de la realeza, el alto clero y más tardíamente por burgueses, los cuales tuvieron la fortuna de ser testigos del nacimiento de la imprenta y un inédito acceso al material escrito, como nunca antes en la historia humana.

Así como la imprenta cambió la producción de libros hacia un futuro globalizado, la práctica del uso del Ex libris se valió de la misma tecnología para extenderse a variadas capas de la sociedad a medida que su moda proliferaba desde Europa hasta Asia. Nuevamente citando el texto del profesor  Santa[3], hay que destacar que artistas de la talla de Leonardo da Vinci, Alberto Durero y Miguel Ángel produjeron estas marcas de propiedad para los altos señores del renacimiento, así como también siglos más tarde, nuevos artistas se armaron de diseños destinados a hombres de negocios, mercaderes, científicos, artistas y escritores, otras variadas ocupaciones, niños e incluso mujeres. Los Ex libris se mostrarían como un auténtico género artístico, que en su reducido formato eran capaces de integrar motivos simbólicos, alegóricos y estilísticos según la época en la que fueron producidos y las personas que hicieron uso de ellos. Algunos con tintes irónicos y siniestros, otros compuestos de estilizados anagramas, otros adornados con románticas volutas, pueden ser hoy clasificados por asiduos coleccionistas, y agregan un valor especial a los libros que los esconden.

Hoy pareciera que los Ex libris yacen como una práctica olvidada, quizás víctima de la naturaleza modesta de su misión oculta por la cubierta de un libro, sin embargo su particular belleza, no solo se da por su factura, si no por su singular conexión con los testimonio personales de sus dueños y como estos hicieron de sus preciados escritos parte intima de su vida. Desde un concernido monje alemán del siglo XIII, pasando por ser símbolos de estatus al servicio de poderosos señores regentes, hasta las manos de un niño victoriano, los Ex libris se perfilan como pocas creaciones artísticas pueden hacerlo, en un perfecto balance entre su belleza y el práctico y simbólico motivo de su existencia.

¿Será que es tiempo de volver a esconder en las contratapas  de nuestros libros esas marcas íntimas de individualidad?

Texto basado en el Articulo “La curiosa historia de los Ex libris” del académico Colombiano Eduardo Santa, Boletín Cultural y Bibliográfico, ISSN 0006-6184, Vol. 20, Nº. 2, 1983, págs. 137-142.

[1] Santa, E., 1883. La curiosa historia de los Ex libris. Boletín Cultural y Bibliográfico, [online] (Vol. 20, Nº. 2), pp.137-142. Disponible en: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5459956 [20 Abril 2020].

[2] Ibíd.

[3] Ibíd.

Publicado en Noticias, Patrimonio Bibliográfico.

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